Un día de tantos quise recordar muchas cosas. Pero si quería recordarlas era porque ya estaban en mi mente. Así que traté de encontrar algo que de veras fuera diferente para poder recordarlo, y no lo logré.
Me di cuenta que mi memoria estaba mal.
Pude recordar que he leído muchos libros en mi vida, recordé que había llorado, me había deprimido, me había motivado y hasta enamorado. Pero no recordé ni un solo título, ni un solo autor, ni una sola cita, y lo que es peor aún, ni una sola moraleja.
Recordé que había estudiado muchísimos conceptos y terminologías ajenas a mi cotidianidad, que en algún momento me permitieron entender y comunicarme de una manera más acertada sin redundar o acudir a detalles. Pero tampoco aparecieron las palabras.
Lo único que recordé fueron mis grandes mentiras:
Aquella vez que le dije a todos que yo sí sabía lo que era la libertad, o la otra vez que les dije a todos que yo sí sabía amar.
Me sentí avergonzado y temeroso de que alguien recordara esos desatinos. Temí que llegara alguien y me dijera "mae, ¿qué se siente ser libre?"
Me horroricé con esa idea y luego recordé algo:
Aquella vez que creí saber lo que era la libertad, me sentí libre. Y no solo eso, le hice creer a los demás que era libre.
Lo mismo sucedió cuando dije que sabía amar, y hasta llegué a convencerla de que yo era un buen amante.
No sé si estoy dispuesto a decir de nuevo esas mentiras, pero puede ser que llegue a creérmelas yo mismo...
viernes, 11 de abril de 2008
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