Estaba el príncipe en su dormitorio, descansando la siesta como en cualquier otro día de ocio, cuando escuchó que le llamaban a su estancia. Normalmente hubiera hecho caso omiso a dicha interrupción de su quehacer, pero la insistencia de las voces que provenían de afuera terminaron por arrancarle el sueño y bajó al vestíbulo.
Al abrirse las puertas distinguió la figura de su tía que cruzaba el umbral al lado de otra dama desconocida. Ambas mujeres tomaron asiento en los acojinados muebles de la estancia y el príncipe tomó asiento frente a ellas.
-¿Cómo está su alteza? (Preguntó la tía)
-Muy bien, aún despertándome de mi siesta. (Respondió el príncipe)
-Lamento no haber llamado para anunciar mi visita, pero quisimos tomarlo por sorpresa.
-Pues vaya sorpresa me han dado.
En eso un leve sonido puso en evidencia que la lluvia estaría pronta a acontecer, así que la tía del príncipe pidió permiso para salir en busca de sus súbditos, ya que el viaje había sido largo y cansado y no merecían ser empapados por la lluvia. El príncipe que siempre se caracterizó por su buen carácter y sentido de la justicia, accedió a que los sirvientes fueran llevados al salón de los invitados, y tomaran algunos bocadillos mientras descansaban del viaje.
Mientras tanto la tía acudía a avisar a sus sirvientes, el príncipe se quedó sólo en la estancia acompañado de aquella extraña dama la cual no había sido aún presentada. Entonces uno de los adorados gatos del príncipe llegó a su lado y saltó a sus regazos como ya era costumbre.
-¿Te gustan los gatos? (Rompió el silencio aquella distinguida dama con una dulce voz)
-Pues sí, son mi adoración. (Respondía el príncipe)
-A mí me parecen animales muy sucios y no soporto siquiera acercármeles.
El príncipe, a pesar de haberle parecido de mal gusto el comentario de la dama sobre los animales que más apreciaba, no hizo gesto alguno y al contrario de lo que se esperaría de una persona de su alcurnia, se interesó por la manera poco cortés en que se expresaba la desconocida dama.
-Pues no sólo éste gato habita ésta morada, hay dos más y yo los adoro. (Aclaraba el príncipe)
-Supongo que también debe tener algún perro.
-Sí, hay dos en los jardines.
-Es lógico que alguien que permite que un gato se eche sobre sus regazos tenga alguna pasión por los animales. Pareces una persona muy joven ¿Cuántos años tienes?
-¿Cuántos me calcula? (Respondía el príncipe como queriendo participar de un juego al que no había sido invitado)
-Pues yo diría que unos veinticuatro.
-En realidad tengo veintiocho. Eso podría considerarlo como un cumplido.
-Para serle sincera, yo incluso le calculé menos edad. Lo único que me hizo pensar que era un tanto mayor es su cuerpo bien desarrollado, porque su cara parece la de un adolescente.
El príncipe rió de manera recatada pero fue interrumpido abruptamente por la dama:
-Imagino que muchas mujeres le han dicho cosas semejantes. ¿Tiene usted esposa o prometida?
-No, no he pensado siquiera en la posibilidad de casarme.
-No lo culpo, la verdad aún eres joven y puedes tener muchas experiencias más a tu haber. El coche que está afuera ¿Es tuyo?
-Sí (respondía el príncipe con una evidente sonrisa)
-¿Y la mansión?
-También.
-Es verdaderamente hermosa, supongo que si bien no tienes prometida, han de haber muchas jóvenes queriendo pretenderte.
-No, la verdad es otra. Casi no salgo de aquí y estoy demasiado comprometido con mis estudios.
-Pues eres un joven muy atractivo, y con todas éstas posesiones, no serías mal partido. ¿Estas decoraciones tú las ideaste?
-Sí, algunas veces tengo bastante tiempo libre.
-¡Estás descalzo! ¿No crees que puedas enfermarte?
Hasta ahora aquel detalle había sido ignorado incluso por el príncipe que se sentía muy confundido pero interesado en la extraña conversación con la dama.
-Es que tomaba la siesta cuando ustedes llegaron, y no consideré por mi soñolencia ponerme las pantuflas. (Respondía el príncipe)
-Unas pantuflas te harían muy bien. Yo camino con éstas zapatillas que no son muy elegantes pero son bastante cómodas y no lastiman mis pies.
En eso la tía volvía, y viendo que la lluvia había cesado, se dispuso a abandonar la mansión.
-¿Pero cuál es la prisa? (Preguntaba asombrado el príncipe)
-Es que prometí volver temprano. Nada más la saqué a pasear para evitarle la rutina. (Respondía la tía)
-Sí, la verdad es mejor que nos vayamos ya. Tenemos mucho camino por recorrer. (Interrumpió la desconocida dama)
Entonces la tía tomó a la dulce anciana del brazo y la ayudó a levantarse del mueble. Yo me despedí de ambas señoras de una manera muy calurosa y seguí mirándolas mientras se alejaban por la calle.
Gracias le doy a aquella bella ancianita, que debido a su padecimiento de alzhéimer me hizo vivir (después de haber tenido que responder como por tercera vez a sus preguntas) una fantasía donde me pude adueñar de todo a mi alrededor, y en la cual pude verla vibrar de emoción frente a un buen mozo que reía de sus ocurrencias y respetuosamente le ayudaba a construir otra realidad…

1 comentario:
en algun momento de la vida, pretendemos realizar propositos y en otros momentos, solo surge la magnifica inspiracion.
En cualquiera de ambos casos el resultado final es lo que trasciende..y definitivamente me parece excitante repasar esas lineas tuyas; siempre me sorprenden, tanto en la forma de narrar como en las palabras utilizadas y el trasfondo de la historia ,que definitivamente no se, ni de donde sacarlo.
Es decir, estabas sonando despierto? es decir, te diste cuenta que al fin y al cabo el principe eras vos?? porque por ahi te cantaste y hablaste en primera persona.
Lastima que el principe este encerrado.
Podria yo sacarlo? o mejor reino en mi reino, de abejas y codornices?
ja!! pero eso no es lo que importa.
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