domingo, 3 de mayo de 2009

Adiós extraña dama...

El príncipe, absorto en sus menesteres reales, no hacía más que andar de un lado a otro. Siempre cambiando de norte a sur y de este a oeste. Parecía no tener una patria aunque siempre llegaba a dormir al mismo lugar.

-Mi vida no tiene mayor sentido (se decía a sí mismo). Si tan sólo tuviese alguien que me acompañara en cada viaje. Alguien que me mirara llena de vida cuando quisiera desfallecer. Alguien que me acariciara antes, durante, y después de mis efímeros descansos. Esa persona recibiría de mí todo mi beneficio, que no consta más que de servidumbres y aclamaciones gozosas. Sí, algunas cosas materiales también, pero sobre todo recibiría los halagos y consentimientos de quien siempre es halagado y consentido. No sé si hablar de amor... No, definitivamente nada de amor... O talvez sí. Pero no del amor que la mayoría pretende al aceptar una unión frente a un altar. Más bien sería un amor más humano, real. De ese amor que no puedo darle a cualquiera aunque es evidente que siempre se me sale de a poco. Quiero alguien que esté dispuesta a recibir de mí lo mejor, lo más puro y hermoso que puedo dar, sin necesidad de intercambiar anillos para que suceda.

Entonces este príncipe, necesitado de compañía, comenzó a analizar a las doncellas que frecuentaban sus cenas, brindis, tratados y discursos. Pronto fue determinando cuáles de ellas se ajustaban más a sus gustos. El príncipe no era muy exigente ni caprichoso. Entre sus candidatas habían mujeres pequeñas, regordetas, flacas, y con sonrisas defectuosas. Pero en lo único que basaba su criterio de escogencia era en las miradas. Una bella mirada era reflejo de una bella alma, por supuesto, si el dicho es muy claro.

Así, de lugar en lugar, fue discriminando cada vez más sus posibles candidatas y por fin llegó a la conclusión de que la elección final sería muy difícil.

-¿Y si mi elegida no responde a mi galanteo? ¿Y si me equivoco con las miradas y termino eligiendo mal?

Preguntas como éstas y muchas más se hacía el príncipe, envolviéndose en terribles noches en vela de pensamientos inútiles, las cuales por supuesto afectaban su desempeño laboral.

-¡¡Tengo una idea!! (pensó el príncipe). ¿Y si no elijo a una sino a todas?... En realidad desde el principio no quiero algo serio, mucho menos tendría que ser exclusivo. Así, si alguna no me acepta siempre tendré a la otra. No es soberbia (se justificaba para sí), tampoco pediré exclusividad. Y quizás hasta puedan ser buenas amigas entre sí...

Entonces una correspondencia de su tía desbarata su ensimismamiento: "La extraña dama ha muerto. Avisadle a la reina".

Así recuerda aquél no tan lejano momento cuando la osadía de una dama le hizo inventar un mundo diferente y lejos de la realidad que tanto le molestaba en ese entonces y le sigue molestando aún.

Descanse en paz extraña dama. Su mirada la seguiré buscando en cada mujer con más posibilidades de sonreír que las que su memoria le permitían...

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