Es un gato enorme, de esos peludos que dicen ser "persas". Su color naranja se pavonea de la sala al comedor y del cuarto a la cocina. El gato reposa sobre cualquier superficie a la cual pueda amoldarse y se pasa la vida entre canciones que resuenan con acordes de guitarra en cuerdas de nylon.
Todos los días su amo lo toma y lo acaricia. Algunas veces le dice algo sobre algún gato sin dueño y un pañuelo de no sabe qué cosa. Eso no importa, lo realmente importante es que sabe que le debe mucho porque es él quien le alimenta y le da algo de su amor. Así que ese gato le responde con su cariño y ornamenta las habitaciones.
El resto del amor del amo se dirige a mujeres que entran y salen del lugar, a veces de noche, a veces de día. Mujeres que aman las canciones, pero más que eso la poesía, porque el tipo es un poeta no tanto así un músico.
Buena música invade el lugar cada vez que llegan visitas de otras latitudes. Así se ha podido deleitar con Rodolfo o Carlos, pero a él no le importa siempre que pueda figurar. Entonces se enrosca sobre el piano y se relaja con su vibración.
Estos humanos no entienden lo desagradable del olor a whiskey y tabaco, pero parece que lo disfrutan, porque cantan y ríen, se abrazan y se besan, lo cual no deja de ser el motivo de los celos del felino.
De todos modos, al igual que las mujeres poetofilas, estos otros se irán en algún momento y su amo volverá a su soledad. Esa hermosa soledad donde de vez en cuando resuena una melodía, un acorde, o algunos ronroneos. Ahí es donde nace la poesía, ahí es donde nace la inmortalidad...
martes, 17 de noviembre de 2009
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