Llevaba poco más de cincuenta minutos esperando el autobús. Era una de esas tardes soleadas en que nadie quería ponerse de pie a hacer fila, por el contrario ya se acumulaba la gente a la sombra del techo de la parada del autobús, refrescando el calor con bebidas y abanicos.
Yo sabía que igual podía abandonar mi espacio y descansar un rato bajo la sombra, pero si el autobús venía semi-lleno quizás no podría tomar asiento, y vaya que lo necesitaba, después de haber caminado todo el día con carga y bajo el sol, sin haber comido nada, pues lo más sano sería que pudiera reposar las dos horas de viaje que me esperaban. Al fin y al cabo muchas de las personas que esperaban el autobús se quedaban en destinos más cercanos al mío y podrían viajar de pie un rato.
Sí, esa posición de segundo lugar en la fila me aseguraba un buen descanso hasta llegar al trabajo. Sería mi recompensa por haber esperado pacientemente durante todo ese rato.
Al asomarse el autobús por la calle, pude observar como la gente a la sombra se levantaba presurosa a tomar lugar en la fila, entonces una señora con varios paquetes en mano se situó por delante mío en la fila con autorización del señor que se encontraba en primer lugar. No le di importancia al asunto puesto que era solamente una persona de más ante mí y muy probablemente no afectaría mi propósito de obtener un asiento.
Pero al detenerse el bus sucedió lo impensable. El chofer del bus dio la indicación de que iban a bajar algunas personas, así que hice caso y esperé el descenso mientras dejaba espacio para que pudieran bajar sin problemas. En eso varias personas comenzaron a aglomerarse junto a la puerta del autobús. Pensé que como en ese instante bajaba una señora de edad, pues iban a ayudarla a dar el paso hacia la acera.
Fue para mí una gran sorpresa que, entre las personas agrupadas, una pareja comenzara su ascenso al autobús mucho antes de que la anciana hubiese llegado al último escalón. Entonces la reacción de las personas alrededor fue luchar por su espacio en el transporte empujando y presionando a la señora con su bastón fuera del autobús. Así fue como me precipité a ayudarla para que no sufriera una caída, pero en ese momento nadie reaccionó apropiadamente, sino que comenzaron a apretar y empujar con más fuerza hacia adentro.
Por fin pude subir al autobús, pero ya había quedado entre las últimas personas que habían en el lugar y, por supuesto, no me esperaba ningún asiento adentro.
Al irme desplazando entre la fila de personas que iban de pie, me invadió la frustración de tener que viajar tanto rato con el equipaje al hombro. Y al avanzar un poco más pude observar cómo la pareja que había comenzado el desorden iba bien sentada en dos asientos contiguos. No pude contener mi mirada de odio al pensar en todo lo que me faltaba para llegar a mi destino, y que uno de esos asientos pudo haber sido el mío.
En eso la mujer me miró y sonrió sarcásticamente, y con el codo le hizo seña a su pareja para que me viera en mi frustración. El otro miró y también sonrió. Fue ahí cuando saqué mi arma del bolsillo y les disparé a ambos. Al varón logré atinarle una bala en la cabeza y a la mujer otra en el pecho.
(Continuará...)
lunes, 1 de marzo de 2010
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