domingo, 2 de mayo de 2010

Relato Perverso #1 (Parte 3 - Final)

Después de haber pasado una noche más en prisión, los resultados de la audiencia no se dieron a esperar. Gracias a la ineficaz intervención de mi abogado, me declararon "loco", en términos clínicos: esquizofrénico, paranóico, con delirios de grandeza y poder, obsesivo, y varios etcéteras.

Ni siquiera me enviaron a una evaluación con el psiquiátrico, sino que, luego de varios días de papeleo, se dictó que debía ser internado.

He de confesar que al principio todo esto me puso de muy mal humor, y consideré pertinente la muerte de muchos de los personajes que intervinieron en mi actual situación. Pero al pasar de los días las cosas no estaban tan mal.

Tenía un cuarto propio en la sección de "enfermos peligrosos", y tenía poco contacto con otros seres humanos. Eso me daba mucho tiempo para meditar y especular sobre la vida, la muerte y otros inexorables destinos de los cuales nadie era precursor ni culpable.

Sólo aquél a quien llaman "dios" podría ser responsable de tanta estupidez, y pude hallar paz al concentrar mi odio en ese ser intangible. De todos modos los demás seguían diciendo "hágase tu voluntad", mientras yo adquiría ese poder de hacer la propia.

Me aplicaban medicamentos que me hacían sentir muy tonto, pero era un efecto parecido al de combinar alcohol con otras drogas, así que mientras pudiera disfrutarlo, para mí resultaba algo irónico que quisieran mantenerme feliz cuando, ya de por sí, había alcanzado la felicidad hace rato.

Los días pasaban y tenía que hablar mucho con una "doctora" que creía encausarme a encontrar soluciones a mis problemas. Ella por "doctora" que fuera nunca se dio cuenta de que me entretenía inventándole historias de abuso infantil y terribles frustraciones amorosas, como si algo de eso pudiera tocarme en lo profundo.

Guardaba cada una de sus palabras para carcajearme a solas antes de mi diaria meditación. La risa no sólamente me producía placer, sino que me mantenía ejercitado.

Luego de largas semanas por fin me sacaron de allí para dictar mi sentencia. La jueza a cargo dicataminó en sus "sabias conclusiones" que yo debía someterme a un largo tratamiento psiquiátrico y mantenerme recluído por varios años.

Cada vez que recuerdo eso, siento placer por todo el bien que había generado a mi alrededor. Había dado trabajo a un poco de ignorantes que se hacían llamar doctores, había liberado a esas pobres niñas y a ese niño de sus destinos deplorables, y (como consecuencia de mi "buen desarrollo en terapia"), me habían dado la libertad de salir cada tarde y colmarle de placer la vida a la ninfómana que permanecía sola cada día de cuatro y cuarenta a cinco y veinte.

En fin, la vida del psiquiátrico resultaba bien para mí. Me alimentaban, tenía dónde dormir y no debía desperdiciar mi tiempo de creativa meditación en ir a trabajar con gente estúpida.

Solamente una cosa me molestaba, y era que el piano del psiquiátrico tenía varias notas desafinadas. De ese modo mi oído se fue acostumbrando a intervalos sonoros difusos y al quitarle la vida al loco del papalote, las melodías en mi mente sonaron de muy mal gusto...

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