martes, 23 de noviembre de 2010

De santos y agüisotes

Siempre ha sido evidente que soy un poco diferente de los demás. Y con eso no quiero hacer alarde de alguna de mis frases arrogantes o soberbias. En realidad sí hay cosas que me hacen diferente.

Pero no tiene que ver con el hecho de que sea obsesivo porque ese es un problema que acarrea otros problemas y etc. No, qué va. Esto otro tiene que ver con mi ingenuidad.

Sí, siento que soy algo ingenuo. Siempre creo en mis cosas y mantengo velas encendidas para personas que algo han querido deberme en esta vida. Lo malo no es encender velas y guardar esperanzas. Es dejar que esas velas se consuman y reemplazarlas con otras.

Porque esos santos a los que me atengo, pues como que le dan largas a mis ilusiones, y de repente incluso aparecen nuevos santos con mejores milagros, pero no los cambio por los míos, porque siento que son como máquinas traga monedas que están a punto de soltar el gran premio.

Pero eso nunca pasa. Y así los mantengo, algunos de cabeza, otros con flores, otros agrupados, qué sé yo, cuanto agüisote les pueda adjudicar para que cumplan mis milagros.

Y creo que mantengo esas esperanzas porque uno en el fondo desea creer en la gente. Deseo creer en esos santos que ya son famosos por sus milagros. Deseo creer en esas personas que me piden algún objeto con la promesa de devolverlo pronto. Deseo creer en esa chica que me dice que quiere estar a mi lado. Deseo creer en ese empleo ofrecido y en esa propuesta soñada.

Y aunque sean tan sólo algunos viejos agüisotes, mi fe se mantiene en las personas, aunque ellas sean diferentes. Aunque entre en sus casas y no vea una sola vela encendida. Aunque me pidan que cambie sus velas porque una vela nueva será más valorada.

¿Será que debo dejar de creer para no sufrir más?

domingo, 14 de noviembre de 2010

Aquellos Robles Inmortales (a don Jorge)

Quisiera decir que he conocido gente de todo tipo en los 30 años que llevo de estar vivo. Pero probablemente la televisión, los libros, las canciones y el internet me han enseñado más de la gente que lo que he observado y experimentado.

Así entre todos los tipos de personas casi literarias con las que he topado. Pues resulta para mí siempre hacer sobresalir a los llamados "robles".

Les dicen robles porque son muy duros, crecen fuertes y duran mucho tiempo. Pero en mi ideario hay algo más que los caracteriza, son personas hermosas, y cuando digo esto, me refiero a que son seres especiales. No han vivido tanto tiempo tan sólo dejando el tiempo correr. Han creado y han sido responsables de sus creaciones.

No quiero dejar ideas al aire o estimular un sentimiento poético. A decir verdad, estos robles son personas que te hacen querer ser como ellos. Ves sus caras surcadas por inumerables arrugas y no puedes evitar asociarlas con historias de esas que ya conoces o con otras que podrías inventar.

Sabes poco de esas personas, o talvez mucho, pero no es eso lo que cuenta, sino el cómo te hacen sentir al aparecer en algún momento. De repente ves su figura y no puedes evitar crear una sonrisa. Porque estás completamente seguro o segura de que te va a responder con una igual.

Además te tratan con un humor casi místico, porque se toman libertades que no se tomarían tus familiares al tratarte, pero a su vez limitan su tono a un nivel como el que desearías que te demostrara un amigo.

Pero tampoco puedes considerar que sean amigos, no... Siempre están muy por encima de eso, y aún así no te verán por encima de sus hombros.

Bien podrían bromear contigo, pero lo que hacen es darte lecciones de vida. Luego los miras pasar y dices: "Ojalá y yo pudiera llegar a ser así cuando envejezca".

Pero da temor. Temes tanto no ser quien pueda llegar a llenar unos zapatos como esos, así como que algún día se vayan de este mundo terrenal. Pero igual alguno debe irse en algún momento, y generalmente nos toca verlos partir porque es justicia divina que seamos los corrientes quienes suframos por su partida.

Porque ellos ya han sufrido mucho, y además estamos seguros que algo más sufrirán por nosotros, y eso no tiene ninguna justificación ni aquí ni en ningún otro mundo.

Es cierto, lloro de pensar que nunca seré alguien así, que lo que he sentido por un roble nadie más lo sentirá por mí. Porque ellos son parte del antaño, del maravilloso tiempo que era cualquier tiempo pasado. Quizás son los últimos de su especie, y aún así, no creo que les importe.

Quienes quedan seguirán siendo tan hermosos como siempre, y quienes parten nos dejan claro que aunque nunca podamos llegar a ser como ellos, vale la pena esforzarce porque algún día alguien más sonría al ver nuestras figuras aparecer...


A Don Jorge Araya.
Lamento mucho nunca habételo dicho en persona, pero si en algún momento mi vida puede llegar a equipararse tan sólo un poquito con la tuya, habrá valido mucho la pena. Descanza en paz...