En el ocaso de mis 30, me vengo dando cuenta de muchas cosas tristemente interesantes respecto a la vida.
Una de ellas es con respecto al dolor físico. Hasta ahorita me entero de que no es "normal" que la gente sienta frecuentes dolores.
Entonces ¿qué me pasa?
Absurdamente es un compilado de males los que operan para hacer de mi vida, talvez no un calvario, pero sí algo tortuoso.
Hay algunos dolores de los cuales aparentemente ya superé el límite de lo soportable, por lo cual un dolor agudo de esos que dejan renqueando a cualquiera, para mí es algo frecuente y no me afecta para llevar a cabo mis quehaceres diarios.
Entonces de repente puedo empezar a justificar a quienes se quejan de aquellas dolencias que me parecían insignificantes, ya que para mí, superar el umbral del dolor significa enfrentar algo verdaderamente inclemente.
¿Será acaso un "super poder"?
Dudosamente respondería afirmativo a esa pregunta, lo único que puedo decir es que en los últimos tiempos el dolor ha ido aumentando, tanto en intensidad como en locaciones.
Se me está jodiendo la vida. Estoy sintiendo como se acerca mi caducidad. No voy a morir, pero temo que la próxima vez que visite un doctor me prohiba hacer más de lo que me gusta, y como en algún momento había externado: vivir sin pasión no tiene sentido.
Tengo miedo. Me siento aterrado por esto. Ya casi no hay movimiento que haga que no produzca algún dolor. Y si me dan la opción de tener una vida larga pero lejos de los escenarios, quizás no la tome.
Pero no es eso lo que me preocupa, porque suelo ser muy condescendiente con mis ideas, lo que me preocupa es que el dolor no me deje seguir tocando.
Así, obligado a dejar mi pasión, podré dejarlo todo e incursionar en algo diferente.
Espero estar exagerando. Siempre lo hago. Pero cabe una posibilidad de que el futuro no sea del todo prometedor.
Odio decir esto pero mi vida útil de repente está en juego y lo único que deseo es que me sigan aplaudiendo por ejecutar bien un instrumento y no por tocar un instrumento a pesar de...
jueves, 23 de diciembre de 2010
miércoles, 8 de diciembre de 2010
La tristeza implícita de vivir
Desde el momento en que abandonamos el vientre de nuestra madre, comenzamos a sufrir. Esto anterior lo dijo un compa alguna vez y me doy cuenta de que el mae definitivamente estaba triste, la vida no había sido complaciente con él o algo por el estilo.
Pero a veces es definitivo que hay una tristeza inherente a la vida, o sea, vivimos para morir y en el camino vemos morir a muchos y muchas otras. Y llegamos a una edad media preguntándonos ¿qué sigue? Acaso tiene sentido todo lo que hacemos aquí, si de todos modos no quedará mucho cuando nos vayamos.
Mi abuelo siempre fue un hombre trabajador, hizo de todo en esta vida y siempre fue respetado por haber llevado una vida casi ejemplar. A escasos años de su muerte ya nadie lo recuerda, su memoria se encuentra en algún nicho de un cementerio al cual no voy más que por algún entierro. Sus pertenencias se repartieron o vendieron. La casa en que vivía ahora pertenece a una de tantas familias que migran a estos pueblos calmos, y ¿qué hay de más en todo eso?
¿Habrá tenido algún sentido su vida cuando ya en el ocaso de sus días, senil, imposibilitado de realizar muchas acciones, miraba a través de la ventana y se quedaba ido durante largos ratos?
Bastante triste, claro... Pero igual no sabemos si correremos igual suerte.
Yo por mi parte acarreo un sin número de enfermedades congénitas que amenazan cada día con ir inutilizando mi cuerpo de a poco, y no dejo de pensar en lo injusto que sería llegar a esa edad en que muchas de mis funciones hayan caducado y no tenga control sobre mis movimientos o pensamientos.
Injusto no tanto para mí, porque quizás me haya merecido llegar ahí de algún modo u otro. Injusto para alguna persona que por amor, afecto, apego o compromiso, tenga que pasar a mi lado ese proceso.
Y mi tristeza es profunda por ese ser amado, a quien siempre agradeceré haber existido, pero por el cual querré morir cada día más, con el fin de soltar sus amarras.
Soy un hombre triste que lamenta no haber amado con completa entrega y pasión, ya que nunca quiso llevar a alguien más a un final teñido de una soledad sin dignidad...
Pero a veces es definitivo que hay una tristeza inherente a la vida, o sea, vivimos para morir y en el camino vemos morir a muchos y muchas otras. Y llegamos a una edad media preguntándonos ¿qué sigue? Acaso tiene sentido todo lo que hacemos aquí, si de todos modos no quedará mucho cuando nos vayamos.
Mi abuelo siempre fue un hombre trabajador, hizo de todo en esta vida y siempre fue respetado por haber llevado una vida casi ejemplar. A escasos años de su muerte ya nadie lo recuerda, su memoria se encuentra en algún nicho de un cementerio al cual no voy más que por algún entierro. Sus pertenencias se repartieron o vendieron. La casa en que vivía ahora pertenece a una de tantas familias que migran a estos pueblos calmos, y ¿qué hay de más en todo eso?
¿Habrá tenido algún sentido su vida cuando ya en el ocaso de sus días, senil, imposibilitado de realizar muchas acciones, miraba a través de la ventana y se quedaba ido durante largos ratos?
Bastante triste, claro... Pero igual no sabemos si correremos igual suerte.
Yo por mi parte acarreo un sin número de enfermedades congénitas que amenazan cada día con ir inutilizando mi cuerpo de a poco, y no dejo de pensar en lo injusto que sería llegar a esa edad en que muchas de mis funciones hayan caducado y no tenga control sobre mis movimientos o pensamientos.
Injusto no tanto para mí, porque quizás me haya merecido llegar ahí de algún modo u otro. Injusto para alguna persona que por amor, afecto, apego o compromiso, tenga que pasar a mi lado ese proceso.
Y mi tristeza es profunda por ese ser amado, a quien siempre agradeceré haber existido, pero por el cual querré morir cada día más, con el fin de soltar sus amarras.
Soy un hombre triste que lamenta no haber amado con completa entrega y pasión, ya que nunca quiso llevar a alguien más a un final teñido de una soledad sin dignidad...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
