Era miércoles treinta de marzo. Mientras calentaba mi almuerzo en el microondas me mantenía pensando en lo agobiantes que habían sido los últimos días, demasiadas carreras, arreglos inconclusos, cientos de cosas por hacer, y aún tenía que buscar la manera de acomodar dos actividades el mismo día en horas aproximadas.
En fin, no había sido una buena semana y todavía faltaba la mitad. Me dolía la cabeza por falta de sueño y sentía cierta repulsión hacia la ensalada que aderezaba exageradamente. Estaba solo en casa, así que nadie interrumpiría ese momento en que podía compartir un rato conmigo mismo y degustar de algo bien merecido.
No había terminado de sentarme a la mesa cuando suena el timbre. Tres timbrazos, uno largo y dos más cortos. Sabía que era la señora de los números. Ella tenía esa forma particular de llamar a la puerta. Imagino que a través de los años había tenido que idear un estilo propio de tocar el timbre porque era muy común que en mi casa se ignoraran las visitas, no por ser nosotros malas personas, sino porque al ser la única casa del barrio sin portones o verjas, era muy común que llamaran a la puerta vendedores y borrachos pedigüeños a la hora del almuerzo, así que dicha señora encontró la manera de hacer saber que era ella.
Desde hace muchos años (casi diría que desde tiempos inmemorables) esta señora pasaba todos los miércoles a vender números de una rifa que se jugaba con la lotería del domingo. Siempre la conocí anciana, de estatura baja, cabellera larga y plateada, contextura muy delgada, casi escuálida, la piel morena, digamos que algo chamuscada por el sol y arrugada. Siempre con unos gruesos lentes, pantalones de tela algo acampanados y blusas de manga en colores pastel, acompañada de un bolso de tela o de tiras de plástico entrenzadas como las que usan las señoras para ir a la feria del agricultor. Podría decirse que era un atuendo algo "hippie". Su rostro era como una pintura de finales del siglo XVIII, casi inexpresivo. La ausencia de dientes hacía que los surcos de su cara fueran más evidentes en las mejillas.
Esa llamada inoportuna me provocó cierta furia. Me parecía insolente esa manera de tocar y está por demás decir que odiaba que me interrumpieran el almuerzo. El televisor estaba encendido pero con bajo volumen, y calculando la distancia a la que me encontraba de la puerta de entrada, me hice a la idea de que no me escucharía, así que si la ignoraba quizás pensaría que no había nadie y desistiría de vender los numeritos por este día.
La tranquilidad regresó a mí y engullí un bocado con sigileza y cautela para no hacer ruido. Empezaba a masticar otro bocado más cuando volvió el infame llamado.
Entonces recapacité un poco y me dije para mis adentros: "Mae... ¿qué le cuesta ir y comprarle los números a la doñita? Así se va a ir y va a poder terminar de almorzar tranquilo". Procedí a levantarme de la mesa y abrir la puerta.
Efectivamente allí estaba ella, no había forma de que pudiera equivocar ese llamado. Entonces con su característica voz débil y carrasposa preguntó:
-¿Está doña Irma?
-No, no se encuentra.- Yo respondí
-Va a dejar números.
-Sí claro.
Tomé el talonario que siempre sacaba de una bolsa blanca en la cuál también depositaba el dinero y que a su vez sacaba de su bolso, y comencé a apuntar los números con el nombre de mi mamá.
Esa práctica era demasiado rutinaria y cada vez que no estaba mi mamá cualquiera compraba los números. Digo números porque cinco eran la cantidad que tradicionalmente se quedaban en mi casa. No era gran cosa con respecto a dinero ya que cada numerito valía veinte colones, precio que se conservaba desde la primera vez que recuerdo haber tomado el talonario y dudado a la hora de escribir el apellido de mi mamá porque era tan niño que no tenía completa seguridad de ello.
Claro que al principio veinte colones sí valían, y por eso sólo dejábamos un número. Actualmente no sospecho cómo podría subsistir esa viejita con el dinero que le dejaba un talonario de números. Cien números a veinte colones son dos mil colones, considerando que el premio es de la mitad, o sea mil colones, una cantidad similar le quedaba para sobrellevar la semana.
-Qué calor está haciendo! (me dijo la señora)
-Sí, está demasiado caliente el día, casi un relajo.- Respondía mientras escogía otros números y colocaba los elegidos entre mis labios para sujetarlos, práctica por demás poco higiénica pero que tenía por costumbre desde hacía años.
No, no... De seguro que esa señora vendía varios talonarios y luego nada más ubicaba a los ganadores. Siempre que no la veía en mi casa, la observaba caminando, con esa paciencia que tienen los ancianos, por distintos lugares del cantón. Así que era mucho recorrido sólo por vender cien numeritos. Y considerando el valor que tenían, dudo mucho que alguien fuera tan tacaño de dejarse tan sólo uno.
Terminados de sacar los números (que valga decir la elección era un simple acto de protocolo porque en realidad tomaba cualquier número al azar) devuelvo el talonario a la señora y saco los papeles de mi boca para enseñarle que en realidad eran cinco.
-No se preocupe, ya los tengo contados- Me dice la viejita, a lo cual respondo:
-Voy por la plata, ya vengo.
Llego hasta el mueble donde coloco mis cosas y abro el bolso del menudo para sacar la paga. Hay varias monedas y escojo dos de veinticinco y una de cincuenta. En eso me pregunto si mi mamá habrá pegado en el sorteo anterior, lo cual luego recuerdo que es irrelevante ya que ella siempre le regala la mitad del premio a la señora y si fuera el caso tampoco me importaría mucho que se quedara con el total del premio. Otras veces incluso la engañaba y, aprovechándome de su limitada vista, le mostraba el reverso de una moneda de quinientos y sin que la tomara se la echaba en la bolsa así se llevaba algo más de dinero.
-Aquí tiene- Le digo mientras extiendo la mano en el dinero.
-Ya es tarde, ¿verdad?- Pregunta la anciana.
-Es casi la una y treinta. (Algo bastante fuera de serie ya que ella siempre pasa antes o durante el mediodía por la casa)
-¿Doña Irma anda en ensayo de baile?- Vuelve a preguntar la señora.
-No, anda en un curso que está llevando ésta semana.- Respondí.
-Ah, ¿pero entonces no es con el grupo de baile?
-No, es otra cosa.
-Ah, es para pasar a donde Isabel entonces. Bueno, muchas gracias...
-Bueno, con mucho gusto. Que le vaya bien.- Y la observo tomar su rumbo hacia la acera caminando con lentitud.
Me devuelvo al comedor y de paso por la cocina sujeto los números al refrigerador con un imán, para por fin encontrar mi plato un tanto más que frío. Igual no voy a volver a calentar la comida, sigo comiendo y me vuelve a consumir el estres.
Cerca de las cinco de la tarde, llega mi mamá del curso y me pregunta:
-¿Pasó la señora de los números?
-Sí, están en la refri.- Respondo.
-Viera que me acaban de decir que la atropelló un carro ahora como a la una y media, y está muerta...
viernes, 1 de abril de 2011
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2 comentarios:
me entere de eso de esta manera, una chica me dijo en el parque que habian levantado a una senora que vende numeros.. entonces algo en el pecho me punzo y le pregunte numeritos de rifa de veinte colones?
y me dice la chica si.... entonces para confirmarlo le pregunti, una senora de cabello blanco? largo? que pellizca? y los de pallizcar no me lo confirmaron...
me dijeron que habia sido un accidente.. que era tarde...yo tambien me pasme.. que triste.
Sí, es triste, demasiado diría yo...
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