Recuerdo la casa de mi abuela, de madera vieja, con piso de ocre desnivelado, lleno de repisas en las que figuraban muchas imágenes y retratos de santos, santas, vírgenes, redentores, etc.
Recuerdo que sentía una atracción enorme por toda esa parafernalia. Era un niño religioso. Rechazaba todos los paseos familiares de "semana santa" con tal de asistir devotamente a las procesiones y ver las películas que año a año transmiten por televisión nacional desde que tengo memoria.
Recuerdo jugar a hacer procesiones con las imágenes de mi abuela, cosa que ella por supuesto no permitía pero que yo me las ingeniaba para lograr en secreto. Imaginaba la música, me fascinaban las marchas fúnebres y las fanfarrias de las procesiones. Imaginaba el olor a incienso y quería hacer esos recorridos aún más largos y solemnes de lo que ya eran.
Con el tiempo me fui dando cuenta de que en realidad no era la religión lo que me importaba, eran las procesiones. Había algo en la grandilocuencia de esas manifestaciones religiosas que me encantaba. Quizás no era algo, era el conjunto de sucesos, muchas cosas.
Me maravillaba el arte de las imágenes, la delicadeza de los acabados, las expresiones de los rostros (muchas veces torturados), los detalles de las vestiduras, las decoraciones de metales brillantes y las estructuras en que las transportaban.
Me encantaba la música. Repito esto porque creo que ha sido un factor muy determinante en mi carrera profesional. Me encantaba el timbre que generaba ese ensamble más lleno de bronces que de cualquier otra cosa. Unas frecuencias ultra agudas y brillantes de las trompetas contrastando con el pulso grave y opaco del bajo de marcha y el bombo. Además todos esos registros medios en los clarinetes, saxofones, eufonios y trombones que llevaban un misterioso acompañamiento casi coral.
Los religiosos y las personas asociadas al ritual también tenían cierta mística dentro del asunto. Todos y todas con sus impecables atuendos. Los sacerdotes con esas gruesas vestiduras y hasta los monaguillos portando cruces de más metal brillante, esparciendo el humo del incienso y portando algunos otros objetos.
No menos importantes eran las representaciones de los soldados romanos y otros personajes del nuevo testamento. Todas esas vestiduras llenas de detallados ornamentos y cada cual sumergido en su personaje. Era algo sublime. Eran las interpretaciones callejeras de las narraciones de un viejo libro. Había mucho arte en eso, y yo siempre encontraba algo nuevo y diferente cada año.
No puedo decir en qué momento perdí el interés. A decir verdad no creo que haya perdido el interés, más bien fue una algo así como circunstancial. Las cosas cada vez eran más complicadas y comenzó a faltar el tiempo como nos sucede cuando crecemos. Luego vino la universidad y la duda entró. A partir de ahí todo fue en declive, los debates y la información dilucidaron aspectos formales que no había considerado nunca con respecto al mito, y que de inmediato calaron en el razonamiento y la sensatez.
Pero eso no significó para mí el rechazo total de algo que en mi niñez había sido importante. Traté de obviar todo lo que pensaba respecto a la religión y tomé esas manifestaciones como simples actos de interés cultural. No tenía por qué involucrarme en el rito para disfrutar de la actividad.
Así que decidido a revivir las maravillas de mi niñez, volví luego de muchos años a una procesión. Lo primero que noté fue que algo había cambiado, ya no eran aquellas imágenes que me fascinaban las que protagonizaban el acto sino personas reales queriendo interpretar los personajes. No debo aclarar que fue una gran desilusión, de algún modo las imágenes eran más convincentes que las personas para interpretar personajes de esa índole.
Pero bueno, la primera decepción no fue tan grande como la segunda. Ahora la música no era tan sublime. Después de entrenar mi oído ya no me impresionaban tanto esos arreglos musicales, mucho menos era grato escuchar las desafinaciones y notas falsas de los ejecutantes.
Definitivamente era decepcionante, pero lo peor al final tenía que ver con algo que ni siquiera había contemplado como un recuerdo grato que podía desvanecerse.
La peor desilusión fue la gente. Durante mi niñez no alcanzaba a observar (no sé si por indiferencia o distracción) los rostros de las personas que asistían, y pronto comencé a notar que me miraban con una expresión de desdén. Luego, analizando a la gente a mi alrededor, comprendí que nadie vestía fachas como las mías y que no había ni un solo joven con la cabellera larga y barba descuidada de varios días a excepción de quien interpretaba a Jesucristo.
Fue ahí cuando comenzaron a pasar frente a mí todos esos prejuicios que siempre han profesado la religión, y de a poco vi desfilar la desaprobación por los temas de educación sexual, la intolerancia hacia la diversidad sexual, la intolerancia hacia otros credos, el culto a las apariencias, etc.
Y quise intentar desviar mi atención hacia las cosas brillantes que tanto llamaban la atención en mi niñez pero ya era tarde. Tarde para recobrar mi inocencia. Ahora todos esos objetos, esos metales, eran símbolo de soberbia. Y veía como en su afán por agradar a dios, le obsequiaban riquezas que sólo tienen valor en éste mundo y con las cuales podían ayudar al prójimo dándoles el uso que pueden tener como objetos canjeables por bienes materiales básicos para quienes nada tienen. Y de repente esas largas y adornadas vestiduras podían cobijar a los más necesitados y aquellas y aquellos colaboradores podrían estar trabajando en obras de bien social.
Y sentí una profunda lástima, no por lo que ya era evidente y había cuestionado hacía tiempo ya, sino por el arte que había desaparecido. Por muy cultural que fuera la actividad, aquél niño maravillado había muerto una vez más, y el joven que se encontraba por ahí decidió no creer más en un dios que parecía complacerse con todo eso. A partir de ahí comencé una nueva búsqueda de maravillas...
sábado, 21 de mayo de 2011
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