miércoles, 20 de julio de 2011

El dolor como pináculo de la vida

Tenía pensado hacer una de esas entradas en las que blasfemo y me enojo al final, pero luego de tener tiempo para recapacitar un poco, me vengo dando cuenta que mi sentimiento no era fundamentado.

Éste fin de semana falleció una hermana de mi mamá. Una señora de 62 años que tuvo una vida de perros. Para resumir se casó con un tipo con el cual tuvo 6 hijos e hijas y que luego se volvió alcohólico. Después de separarse y trabajar durísimo para sacar a su familia adelante, apareció el otro con el cual tuvo dos niños más. Lejos de haber sido una buena elección pues también terminó por separarse y seguir trabajando hasta no dar más.

Entrada en años comenzó a padecer de diabetes y después de un accidente terminó por perder la vista y una bacteria se infiltró en su organismo. Siempre devota puso toda su fe en dios y en su familia para seguir adelante, pero el deterioro siguió adelante.

Podría mencionar otras cosas pero no vienen al caso. Mi mamá contó que en esta última internación en el hospital, ella tan solo se despertaba para quejarse de tanto dolor. La diabetes no la dejaba sanar y su cuerpo se iba descomponiendo a pasos agigantados. Un día antes de su muerte se dieron cuenta que lo que sea que le tenían que poner para evitarle el dolor, no estaba siendo efectivo porque la hinchazón de su brazo había provocado que la aguja se saliera de la vena y el líquido se esparciera por los lugares adyacentes.

El día de su muerte tuvieron que sepultarla casi de inmediato porque el cadáver ya estaba en avanzado estado de descomposición.

Entonces viene la moraleja: ¿Será que dios no quiere a quienes creen y siguen su voluntad? ¿Por qué hay gente desgraciada que muere pacíficamente en su cama?

Sí, era aquí donde iba a iniciar mi retahíla de blasfemias pero aunque saben lo que pienso, debo decir que en retrospectiva todo esto tiene cierto sentido.

Alguna vez dije que morir con dolor sería algo que yo querría experimentar, y es que eso para mí tiene un sentido muy personal, creo que me gustaría sentir el dolor más intenso y profundo que exista al menos una vez en mi vida, y si ése dolor es el que anticipe a mi muerte, pues que así sea.

Sé que parece estúpido pero analicémoslo. El miedo al dolor es algo completamente inculcado. Si recordamos el dolor más fuerte que hayamos sufrido, pues no es más que un recuerdo, o sea, no volvemos a sentir ése dolor cuando lo recordamos a menos que sea crónico y se haya constituido en parte de nuestras vidas, lo cual tampoco podría ser tan grave porque después de algún tiempo uno se acostumbra y el umbral del dolor aumenta.

Entonces si queremos vivir las dichas y las alegrías más intensas, ¿por qué no vivir los dolores más amargos? Al fin y al cabo uno depende del otro, no hay alegrías sin tristezas, punto. Así que ése dolor supremo debería enseñarnos a valorar todo lo bueno que tuvimos alguna vez.

Por eso aunque no sea creyente, creo que dios le concedió a mi tía la bendición de tener esa posibilidad que no muchos podrían tener: valorar toda la dicha y gloria de una vida por medio del sufrimiento más intenso. Ahora descansa en paz tía Rosi, que toda tu vida y obra sean para otros ejemplo de amor y entrega...

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