...es menester hacer una observación a aquellos intérpretes para quienes la música continúa siendo "el arte de combinar los sonidos de una manera agradable al oído", ingenua y falsa definición por cuanto que aquello que puede ser agradable a nuestros oídos, puede no serlo para los oídos ajenos y viceversa.
La expresión agradable o desagradable desde el plano de la acústica, es de muy relativo valor, si se considera que la apreciación auditiva es adaptable a cualquier fenómeno sonoro. Basta observar la gran diferencia que existe entre la música occidental y la oriental, o notar los diferentes intervalos, denominados "disonantes" por nuestro sistema musical, que utilizan algunos pueblos llamados menos civilizados y por ende menos corrompidos acústica y armónicamente. Bela Bartok asombró al mundo al demostrar que en ciertas regiones de Hungría se cantan melodías a dos voces separadas por intervalos de segunda mayor, lo que para la gran mayoría de los oídos occidentales es práctica imposible y muy "disonante". Es sabido, además, que el sistema tonal actual se basa en intervalos falsos desde el punto de vista científico, así dispuesto, casi exclusivamente, por limitaciones de índole instrumental, la quinta justa del sistema armónico, no guarda la relación o proporción matemática que exige el sistema Pitagórico o científico, si bien que nuestro oído se ha acostumbrado, por atavismo a través de los siglos, a una afinación falsa, en detrimento de la afinación natural o exacta y en pro de un sistema tonal práctico instrumental llamado: Sistema Temperado.
Es evidente que toda innovación armónica ha despertado siempre una fuerte reacción contraria en todos aquellos acostumbrados ya a un idioma musical establecido, pero no es menos evidente también que la innovación se ha impuesto tarde o temprano en el transcurso de todas las épocas musicales. Así como el Ars Nova renacentista se impuso al Ars Antiqua y el Nueve Musiche rompió las ligaduras tradicionales de la escuela flamenca del siglo XVI dando lugar a la exuberante época barroca, la Nueva Música del actual siglo ha hecho trizas las cadenas armónicas que pretenden atarla al dinamismo romántico ya lejano. Las grandes revoluciones armónicas no hacen más que repetirse una y otra vez, sólo que se nos presentan bajo diferentes aspectos.
Existen oídos inexpertos que no soportan las armonías de los compositores actuales, de la misma forma que hay otros menos cultivados que no se adaptaron aún a los impresionistas franceses y ni siquiera a las armonías de los compositores de la segunda mitad del siglo decimono. No se trata aquí simplemente de un limitado gusto musical, sino de una adaptación auditiva poro desarrollada.
Es opinión general que una obra de música debe ser centenaria o haber adquirido una madurez suficiente para ser si no comprendida -palabra sin sentido- desde el punto de vista musical, al menos escuchada con gusto por la mayoría del público, el cual no se interesa verdaderamente, sino por lo que ya ha oído con frecuencia. Las nuevas obras citan por tanto una desconfianza instintiva que determina la abstención de esa mayoría en las primeras audiciones. Pero la experiencia prueba que cuanto más se familiariza el auditorio con una obra de valor, tanto más deseo siente de volver a oírla. Por consiguiente, no es, como afirman los críticos, una cuestión de -modernismo- lo que aleja al público, sino un problema de desconocimiento de la masa, cada vez más ajena a los problemas del Arte.
Shumann decía: "No juzgueis una composición después de la primera audición pues lo que agrada en seguida no siempre es lo mejor. Respeta la música antigua pero interésate también por la moderna"
Jaime Ingram "Historia, repertorio y compositores del piano", 1978

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