sábado, 30 de abril de 2011

Sobre los modelos de vida...

¿Por qué será tan difícil definir un sistema personalizado de valores que resista la presión que ejercen los valores del colectivo?

¿Quién define los principios de las masas? ¿De qué le sirve adiestrarlas de esta manera?

Ésas anteriores son preguntas que me han estado martillando la cabeza estos últimos días.

Debo decir que cuando hablo de valores (y muy probablemente ya lo he hecho con anterioridad) tengo que hacer un pequeño paréntesis y aclarar que no hay nada más frágil que eso. La escala de valores puede variar o ser modificada de acuerdo a las circunstancias y situaciones que experimente el individuo en un determinado momento.

Así por ejemplo si otra persona se expresa hacia ti de una manera que no consideras compatible con tu definición de respeto es muy probable que te sientas presionado o presionada a actuar de una manera "no respetuosa" y de ese modo podrías llegar a reinterpretar ese valor. O un valor como la lealtad se puede ver comprometido por una situación sentimental o material que pueda involucrar, o no, otros valores de tu escala.

Bueno, al final lo que quiero decir es que por mucho que exprese, escriba, recite, o cante, siempre es posible que en un momento dado me comporte diferente a lo que en mis escritos trato de ir describiendo como un estilo de vida modelo. Pero ahora viene lo que es realmente incómodo y que por ende me obsesiona.

He intentado de muchas formas creer en mis valores y a la vez darle valor a mis creencias. Digamos que he tomado ideas de cuanto he ido acumulando en conocimiento para poder tener una ideología íntegra de valores, costumbres, creencias y hábitos; y estoy sumamente convencido de que voy por buen camino para llegar a poseer un sistema bastante equilibrado y lleno de satisfacciones.

Pero de repente todo en lo que creo pareciera no tener un valor real, ya que no solamente mis principios contravienen a los de los demás, sino que la sociedad se empeña en desestimarlas. Peor aún, la gente dice estar de acuerdo con lo que pienso actúan de una manera ajena a sus afirmaciones.

Entonces la presión aparece en forma de soledad. Pero no una soledad física, sino una soledad filosófica. Comienzo a sentir que la construcción de mis conocimientos se dio de una forma inadecuada y que en algún momento mis valores (que debían ser muy similares a las del colectivo) se apartaron del camino y se perdieron en oscuros parajes, como evadiendo la realidad.

Porque sí, créelo o no, parece que la mayoría de la gente ve la vida del mismo modo. Las aspiraciones, metas, alegrías, todo es como si alguien nos insertara los mismos ideales en la mente y nos dirigiera hacia las mismas metas.

Entiendo perfectamente las repercusiones de vivir bajo un sistema absurdamente capitalista. Entiendo que la gente quiera sentirse poderosa por medio de sus pertenencias. Pero me es inconcebible que, a pesar de vivir bajo estos regímenes, aún haya gente que se dice "cristiano" cuando Cristo daba tantísimo valor a la humildad, y dejaba claro que era por medio de la pobreza que podríamos llegar al reino de Dios.

La ambivalencia en que vivimos me hace dudar de mí. Yo que no me profeso como religioso, que más bien aprovecho cualquier oportunidad para blasfemar abiertamente, aparezco ante los fieles en condiciones más puras que ellos. Entonces ¿Será que estoy mal?

No puedo ser feliz entre tanta incongruencia. Mi modelo de vida está encausado a buscar la felicidad, como debiera serlo en el caso de todas las personas, pero de algún modo entre mis ideales hay grandes apartados destinados a la convivencia, y si la gente no actúa con sensatez y no cumplen con sus principios, entonces no voy a lograr el ambiente que ocupo para sentirme a gusto con mi medio. Y hago de nuevo la pregunta:

¿Quién define los principios de las masas? ¿De qué le sirve adiestrarlas de esta manera?

Sea quien sea, y sea cual sea su intención, espero que se dé cuenta de que ya casi no quedan conciencias ni individuos. La gente está dispuesta a vivir una vida vacía y sin consideración por nuestro mundo y nuestra especie, con tal de poseer bienes materiales. Sé que no arreglaré nada con todo esto pero al menos pongo en evidencia que tanto usted como yo hemos sido etiquetados con un precio muy inferior a cualquier objeto que podamos observar a nuestro alrededor...

domingo, 24 de abril de 2011

Celibato

Sé que el título de esta entrada es un poco desconcertante pero no será necesario profundizar mucho al respecto.

Hace algunos días una linda chica me estimuló sexualmente y haciendo memoria luego de la última vez que había tenido contacto sexual, me di cuenta que había pasado un año o más.

¡¿Un año o más?! ¡¡¡Es cierto!!!

Sí, para la mayoría de las personas sexualmente activas parece ser una eternidad. Y debo decir que yo he sido muy activo dentro y fuera de mis relaciones en pareja. Entonces ¿por qué tanto tiempo ya?

Bueno, creo que la respuesta es muy categórica: ¡¡Perdí mi encanto!!

Jajajajaja... Bueno no... Me encantan las deducciones dramáticas con tinte de histeria.

La verdad es que siempre he sido un hombre de pareja. Me gusta emparejarme y sentirme con eso pues tranquilo. Es cierto que he hablado muchas cosas y he experimentado los placeres del "affair", pero debo ser enfático en que después de un tiempo la trama se vuelve repetitiva. Así que ese sexo apasionado sin la dulzura y la intimidad que ofrece el estar compenetrado íntegramente con alguien más, se vuelve insípido.

De la manera que lo veo ahora, un orgasmo de ese tipo casi que yo mismo me lo puedo provocar con la debida estimulación. Pero queda pendiente lo demás: las miradas conversadoras, las caricias amorosas, los besos cariñosos y, en fin, todo lo que podría anteceder o suceder el mero acto sexual. En otras palabras debo decir (temiendo sonar como el más trillado) que el sexo sin amor no me complace.

Entonces ¿por qué no me hago de una pareja? Ese es un asunto difícil. Creo que las últimas personas con las que estuve emparejado fueron intensamente especiales. Me ensañaron tantísimas cosas y me hicieron sentir tanto amor que ahora no puedo encontrar fácilmente alguna cualidad que me haga engancharme con alguien más.

Es cierto que he topado con algunas féminas en las cuales podría trabajar mi amor, pero pareciera como si todas las que tienen alguno de esos elementos que tanto me atraen, ya están emparejadas con alguien más.

Eso a veces me hace pensar que quizás ya crucé el pináculo de mi vida amorosa y que a lo mejor debería resignarme, como lo hacen la mayoría de hombres de mi edad, a comprometerme con mujeres que no entienden de mis pasiones, que nunca se ensuciarían la ropa con tal de poder observar mejor algún animal, pero que eso no importa porque igual se ven bonitas.

No lo sé, también existe esa infundada hipótesis de que mientras más actividad sexual tienes, pues más actividad sexual generas. Pero vamos a lo mismo, quizás sea que no quiero esa actividad que pueda generar, porque de igual modo no va a complacer todas mis necesidades.

Podría ser que inconscientemente (o no tanto) me he estado reservando para una que otra promesa de amor de esas que no se han concretado, pero que siempre espero y aunque ya casi no quedan ya indicios de haber existido, suelen hacer brotar alguna lágrima cuando en las noches nos ataca el recuerdo.

Pero bien, sea cual sea el motivo creo que ya tengo más de un año de no tener una relación sexual del tipo coital y eso parece desesperarme un poco a ratos.

En mi defensa puedo decir que al menos me mantengo fiel a mis principios y no le miento a nadie con tal de recibir algún favor sexual, y de igual modo prefiero seguir en el celibato que andar como much@s de mis conocid@s en espera de un futuro retoño. Lo que sí puedo decir con certeza es que siempre es difícil encontrar a alguien especial...

viernes, 8 de abril de 2011

El post #100

Como pudiste ver, mi post número cien fue una historia verídica. Quizás no era lo que esperaba para celebrar mis cien publicaciones, pero fue algo que cayó en el momento preciso.

La historia de "la señora de los números" es una simple narración de los hechos ocurridos el día ahí mencionado, pero sazonado con algunas descripciones para hacer entrar al lector dentro de la historia.

Debo admitir que esos hechos me ponen profundamente triste. La muerte nunca llega en un momento oportuno y hacer una crónica de sucesos relacionados con ello, pues como que no se ajusta a lo que la gente quiere escuchar.

Yo por mi parte no hablo de la muerte. Creo que ese es un post en tributo a la vida. La señora de los números era un monumento a la perseverancia, al trabajo honesto y a la fuerza de voluntad. Lamento no poder decir su nombre, ni su edad, ni tan siquiera su lugar de procedencia, lo que conocí de ella era únicamente lo perceptible por los sentidos sin indagar o profundizar en averiguaciones.

No obstante, era lo que ella representaba lo que realmente me toca el alma. Siempre he dicho que en esta vida la razón de existir es crear, hacer algo para trascender. Tal vez nunca sepa como se llamaba la señora, pero sé que trascenderá en mí su espíritu incansable. Una vida validera se mide por sus obras y yo estoy convencido de que todo habrá valido si (aunque no recuerden mi nombre) mi presencia haya tocado el corazón de alguien.

Sí, trascender no significa quedar en los libros de texto, significa hacer de tu existencia un ejemplo que pueda inspirar al menos a las personas cercanas a ti. El valor que logres transmitir a l@s demás, será transmitido por ést@s a otras personas y así aportamos algo al cambio que el mundo tanto necesita.

Es muy fácil desorientarnos en el camino de la vida, la codicia es un mal que afecta a casi todo el mundo, y dejamos de lado nuestros sueños y metas sólo por una vida de lujos. Éso es algo de lo que me hace reflexionar la señora de los números. Ella bien pudo haber vendido los números un poco más caros y sacar su faena en menos tiempo aprovechándose de su condición humilde para convencer a los compradores, y sin embargo siempre trabajó con el mismo empeño a pesar del paso de los años. Tampoco se extendió a vender más números para rifas con diferentes sorteos, ella simplemente ganaba lo necesario para sobrevivir. De algún modo me hace pensar en esa gente que genera suficiente dinero como para vivir a sus anchas pero a su vez viven encadenados a un brete.

De igual modo recuerdo las palabras de un amigo al referirse al trabajo deshonesto: "Prefiero creer que voy a ir al cielo". Muchas personas se engañan y engañan a otras personas haciendo trabajos para los que no son capaces, de ese modo embaucan y exprimen a otros que también son trabajadores y que terminan por ver la vida injusta al comprobar que muchas veces quienes hacen menos ganan más dinero.

Insisto en que el dinero no lo es todo, pero en nuestro sistema es la rueda que hace funcionar todo el engranaje. Esta señora nos demuestra además, que no es necesario embaucar a nadie. Ella hacía algo para lo que estaba capacitada y con eso lograba el sustento. Volviendo a la codicia, eso es lo que hace que nos pongamos una cara de barro para salir y hacer mediocremente nuestro trabajo cada día.

Podría seguir hablando de valores pero se me va el post. También quiero mencionar al menos un poco sobre el misterio de la muerte.

Me parece tristemente irónico que yo haya sido posiblemente una de las últimas personas que habló con ella. O sea, al fin y al cabo yo ni siquiera quería hablarle, tan solo quería comer para estar en paz. Muchas veces uno piensa en el final, y al menos yo, en mis recuerdos más cercanos a la muerte, desearía poder despedirme de mis seres queridos. Pero nunca pensaría siquiera en que mis últimas palabras podrían ser intercambiadas con un cliente, mucho menos con un cliente que tenga en mente cosas "más importantes" que hablar conmigo.

Además me pienso: ¿Y si hubiera ido a abrir la puerta desde la primera llamada? ¿Y si no hubiera continuado con mi plan de no abrir la puerta? ¿Acaso pude haber influido para que el camión topara con ella en una hora determinada?

¿Deprimente? Sí, pero uno no puede hacer nada al respecto. Igual uno nunca se pregunta cuando todo sale bien, si alguna acción hubiera provocado la muerte de alguien. Las posibilidades son infinitas y puedo pasarme el resto de mi vida especulando al respecto, pero al final como dice mi mamá: "cuando toca, toca".

Por otro lado también me viene a la mente el porqué una persona con una vida tan ejemplar haya tenido un final tan trágico. Una mujer trabajadora muere como un perro en la calle, eso no es digno. ¿Qué hay respecto al karma? ¿O será que tenía un pasado muy oscuro? ¿Por qué no se ha muerto aquél drogadicto imbécil que le mete al cuerpo cuanta cosa dañina encuentra, y que molesta tanto a la gente trabajadora?

Es un poco más de lo que me hace desconfiar de la justicia divina. Casi siempre las cosas que nos hacen algún bien se desvanecen, mientras que las que nos hacen mal se mantienen por siempre.

Al final sólo me queda decir que la muerte siempre va acompañada de mucha ironía. Si existe un cielo, espero que esa doñita esté disfrutando de él. Ojalá algún día obtenga una foto y su nombre para poder terminar de hacer su homenaje, el homenaje a una de esas figuras de infancia, que son tan rutinarias que creemos que durarán para siempre pero que, como todo en la vida, tienen un final y nos hace sentir que con cada día que pasa se acerca más nuestro tiempo de partida y alguien más reflexionará y se cuestionará sobre nuestro legado...

viernes, 1 de abril de 2011

La señora de los números

Era miércoles treinta de marzo. Mientras calentaba mi almuerzo en el microondas me mantenía pensando en lo agobiantes que habían sido los últimos días, demasiadas carreras, arreglos inconclusos, cientos de cosas por hacer, y aún tenía que buscar la manera de acomodar dos actividades el mismo día en horas aproximadas.

En fin, no había sido una buena semana y todavía faltaba la mitad. Me dolía la cabeza por falta de sueño y sentía cierta repulsión hacia la ensalada que aderezaba exageradamente. Estaba solo en casa, así que nadie interrumpiría ese momento en que podía compartir un rato conmigo mismo y degustar de algo bien merecido.

No había terminado de sentarme a la mesa cuando suena el timbre. Tres timbrazos, uno largo y dos más cortos. Sabía que era la señora de los números. Ella tenía esa forma particular de llamar a la puerta. Imagino que a través de los años había tenido que idear un estilo propio de tocar el timbre porque era muy común que en mi casa se ignoraran las visitas, no por ser nosotros malas personas, sino porque al ser la única casa del barrio sin portones o verjas, era muy común que llamaran a la puerta vendedores y borrachos pedigüeños a la hora del almuerzo, así que dicha señora encontró la manera de hacer saber que era ella.

Desde hace muchos años (casi diría que desde tiempos inmemorables) esta señora pasaba todos los miércoles a vender números de una rifa que se jugaba con la lotería del domingo. Siempre la conocí anciana, de estatura baja, cabellera larga y plateada, contextura muy delgada, casi escuálida, la piel morena, digamos que algo chamuscada por el sol y arrugada. Siempre con unos gruesos lentes, pantalones de tela algo acampanados y blusas de manga en colores pastel, acompañada de un bolso de tela o de tiras de plástico entrenzadas como las que usan las señoras para ir a la feria del agricultor. Podría decirse que era un atuendo algo "hippie". Su rostro era como una pintura de finales del siglo XVIII, casi inexpresivo. La ausencia de dientes hacía que los surcos de su cara fueran más evidentes en las mejillas.

Esa llamada inoportuna me provocó cierta furia. Me parecía insolente esa manera de tocar y está por demás decir que odiaba que me interrumpieran el almuerzo. El televisor estaba encendido pero con bajo volumen, y calculando la distancia a la que me encontraba de la puerta de entrada, me hice a la idea de que no me escucharía, así que si la ignoraba quizás pensaría que no había nadie y desistiría de vender los numeritos por este día.

La tranquilidad regresó a mí y engullí un bocado con sigileza y cautela para no hacer ruido. Empezaba a masticar otro bocado más cuando volvió el infame llamado.

Entonces recapacité un poco y me dije para mis adentros: "Mae... ¿qué le cuesta ir y comprarle los números a la doñita? Así se va a ir y va a poder terminar de almorzar tranquilo". Procedí a levantarme de la mesa y abrir la puerta.

Efectivamente allí estaba ella, no había forma de que pudiera equivocar ese llamado. Entonces con su característica voz débil y carrasposa preguntó:
-¿Está doña Irma?
-No, no se encuentra.- Yo respondí
-Va a dejar números.
-Sí claro.

Tomé el talonario que siempre sacaba de una bolsa blanca en la cuál también depositaba el dinero y que a su vez sacaba de su bolso, y comencé a apuntar los números con el nombre de mi mamá.

Esa práctica era demasiado rutinaria y cada vez que no estaba mi mamá cualquiera compraba los números. Digo números porque cinco eran la cantidad que tradicionalmente se quedaban en mi casa. No era gran cosa con respecto a dinero ya que cada numerito valía veinte colones, precio que se conservaba desde la primera vez que recuerdo haber tomado el talonario y dudado a la hora de escribir el apellido de mi mamá porque era tan niño que no tenía completa seguridad de ello.

Claro que al principio veinte colones sí valían, y por eso sólo dejábamos un número. Actualmente no sospecho cómo podría subsistir esa viejita con el dinero que le dejaba un talonario de números. Cien números a veinte colones son dos mil colones, considerando que el premio es de la mitad, o sea mil colones, una cantidad similar le quedaba para sobrellevar la semana.

-Qué calor está haciendo! (me dijo la señora)
-Sí, está demasiado caliente el día, casi un relajo.- Respondía mientras escogía otros números y colocaba los elegidos entre mis labios para sujetarlos, práctica por demás poco higiénica pero que tenía por costumbre desde hacía años.

No, no... De seguro que esa señora vendía varios talonarios y luego nada más ubicaba a los ganadores. Siempre que no la veía en mi casa, la observaba caminando, con esa paciencia que tienen los ancianos, por distintos lugares del cantón. Así que era mucho recorrido sólo por vender cien numeritos. Y considerando el valor que tenían, dudo mucho que alguien fuera tan tacaño de dejarse tan sólo uno.

Terminados de sacar los números (que valga decir la elección era un simple acto de protocolo porque en realidad tomaba cualquier número al azar) devuelvo el talonario a la señora y saco los papeles de mi boca para enseñarle que en realidad eran cinco.

-No se preocupe, ya los tengo contados- Me dice la viejita, a lo cual respondo:
-Voy por la plata, ya vengo.

Llego hasta el mueble donde coloco mis cosas y abro el bolso del menudo para sacar la paga. Hay varias monedas y escojo dos de veinticinco y una de cincuenta. En eso me pregunto si mi mamá habrá pegado en el sorteo anterior, lo cual luego recuerdo que es irrelevante ya que ella siempre le regala la mitad del premio a la señora y si fuera el caso tampoco me importaría mucho que se quedara con el total del premio. Otras veces incluso la engañaba y, aprovechándome de su limitada vista, le mostraba el reverso de una moneda de quinientos y sin que la tomara se la echaba en la bolsa así se llevaba algo más de dinero.

-Aquí tiene- Le digo mientras extiendo la mano en el dinero.
-Ya es tarde, ¿verdad?- Pregunta la anciana.
-Es casi la una y treinta. (Algo bastante fuera de serie ya que ella siempre pasa antes o durante el mediodía por la casa)
-¿Doña Irma anda en ensayo de baile?- Vuelve a preguntar la señora.
-No, anda en un curso que está llevando ésta semana.- Respondí.
-Ah, ¿pero entonces no es con el grupo de baile?
-No, es otra cosa.
-Ah, es para pasar a donde Isabel entonces. Bueno, muchas gracias...
-Bueno, con mucho gusto. Que le vaya bien.- Y la observo tomar su rumbo hacia la acera caminando con lentitud.

Me devuelvo al comedor y de paso por la cocina sujeto los números al refrigerador con un imán, para por fin encontrar mi plato un tanto más que frío. Igual no voy a volver a calentar la comida, sigo comiendo y me vuelve a consumir el estres.

Cerca de las cinco de la tarde, llega mi mamá del curso y me pregunta:
-¿Pasó la señora de los números?
-Sí, están en la refri.- Respondo.
-Viera que me acaban de decir que la atropelló un carro ahora como a la una y media, y está muerta...