Ella tenía algo, no había empezado a notarlo recientemente, ya lo veía desde quizás hasta 15 años atrás en tiempos de colegio. Tenía unos senos enormes que nunca hicieron juego con su profunda mirada y su pronunciada boca, muy similar en apariencia a la actriz de telenovelas Victoria Ruffo.
En fin, aparte de sus senos me encantaba ése porte de mujer libre e inteligente. Lo poco que conocía de su historia la ubicaba en el perfil de esas chicas sagaces e independientes, con un hijo adolescente y nunca casada. Acaso necesitaba alguna excusa para cortejarla?
Pues bien, salir con ella no fue tan difícil como pensé al principio, lo único malo era que no sabíamos a dónde. Tomamos una botella de vino, unos cigarrillos, y nos dirigimos a un lugar apartado para poder conversar.
Todo iba de maravilla mientras hacía mi papel de tímido pero cómico seductor, la cosa cambió cuando el vino rompió el hielo y entramos en confianza. Ella, psicóloga de profesión, me hablaba como si yo aún tuviese mucho que aprender de esta vida, como si la ecuación no fuera siempre sencilla. Me hacía preguntas como queriendo dirigir la conversación a su capricho y cuestionaba algunas de mis posturas evidentemente depresivas y pesimistas.
Yo ya había estado ahí, pero no medio ebrio. Había estado ahí queriendo escapar con una receta en el bolsillo para poder sonreír (por lo cual tampoco podía beber alcohol). Entonces decidí no volver ahí, y tomé la batuta haciendo yo mismo las preguntas.
Por un momento se asomó una persona mientras me respondía los cuestionamientos respecto a su núcleo familiar y pensé para mí que era el momento para atraparla y desvestirla. Ya no quería más respuestas pensadas, como salidas de un libro. Quería espontaneidad y creatividad.
Terminé de escuchar su testimonio y en lugar de llevármela a la cama, creo que nos fuimos al diván por largas horas. El vino se acabó y ambos partimos por diferentes caminos.
A la próxima empezaré por decirle que me gustan sus pechos...

No hay comentarios:
Publicar un comentario