sábado, 12 de septiembre de 2015

Pequeña y recia

Ni tan ciego ni tan tonto he sido para no admirar en una mujer la sensualidad de una mente brillante. Yo la miraba caminar hacia su nuevo rumbo y deseaba correr a pedirle que me dejara besar sus ojos o descubrir qué había bajo esas largas medias. Sin embargo yo sabía que lo arruinaría todo después de haberle detallado mis demonios, pero además sabía que ella no ignoraba que la seguía con mis ojos, como bocas dispuestas a morder su cuerpo en el menor de los roces.

Ella tiene algo que me aloca y quizás, más que adelantada en mis pensamientos, sabe que la volveré a buscar porque soy un declarado patán.

En este momento me pregunto quién de los dos tiene los más oscuros deseos en silencio, aumentando la tensión en cada mirada desviada y generando esta dinámica sadomasoquista de la cual ningún amante apasionado puede liberarse.

Que bueno habernos encontrado...

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