Pero hoy al ser casi las 3 AM lo que necesito es decir un poco de lo que soy ahora.
Creo que desde hace mucho entiendo que la persona que se llama Diego Araya Vargas no es alguien que se ha mantenido igual a través de los años. Esa persona cambia, muta, aprende y (más difícilmente) desaprende.
La persona que escribe esto ahora debería ser descrita y conservada en la memoria en su momento, ya que ayer fue otra y mañana será otra más.
Hoy debo expresar que el Diego pandémico está cayendo de nuevo en un hueco.
Hace meses, debido a la pandemia del covid19, dejé atrás mi modus vivendi, que ciertamente era algo nocivo pero funcional. Tenía mis lecciones regulares y no tan regulares, tenía mis ensayos con la Filarmonía, tenía mis presentaciones los fines de semana, tenía relaciones sexuales de forma regular y mucho alcohol.
Hoy en día todo eso cambió y de cierta forma "mejoró", dado que este encierro acabó con la mayoría del contacto social que había llegado a desarrollar. Ahora las lecciones son a través de una plataforma virtual, los ensayos se acabaron, ahora grabamos las partes y las enviamos por correo electrónico, las presentaciones son por redes sociales y el sexo también.
Pero ¿Y el alcohol?
Después de algunos meses de confinamiento empecé a darme cuenta que estar borracho no me satisfacía tanto y qué más bien me agobiaba un poco pensar en salir a buscar el licor. Así fue como dejé de beber y fumar casi súbitamente.
Todo venía a bien desde entonces y descubrí que mi manía alcohólica era más bien una respuesta a la ansiedad que me producía el contacto social. Me vine a dar cuenta, recién cumplidos mis cuarenta años, que todo el tiempo el licor me ha ayudado a enfrentar la ansiedad social.
Entonces el rompecabezas empezó a tomar forma: no hay presentaciones y no hay salidas, pero tampoco hay ansiedad, esa ausencia se traduce en qué no hay borracheras y tampoco puedo justificar mi consumo de tabaco, ergo, no hay tabaquismo.
El ejercicio físico se volvió más regular. Me di a la tarea de fortalecer mis articulaciones y, consecuencia paralela a ello, mi cuerpo empezó a cambiar. Las prácticas se hicieron más largas y productivas cada vez y hasta me siento más capaz de invertir tiempo mejorando mi entorno.
Todo pareciera ir bien pero tengo ganas de morir. Cada día me siento más inútil: mis habilidades musicales estancadas y hasta en retroceso, mi carácter cada vez más blando, y mis aficiones por los videojuegos o algo que me distraiga y me mantenga desconectado del mundo van en crecida.
Incluso han empezado a llegar a mí pensamientos recurrentes sobre sucesos de mi vida que son avergonzantes y, con frecuencia, se mantienen aún estando distraído.
Me siento ajeno a lo que he sido antes, me siento como haber despertado de un sueño malo para entrar en una realidad peor.
Ya no me gusta pensar siquiera en la música que escuchaba hasta el hartazgo. Ya no me atrae hablar con las mismas personas. No sé para quién estoy trabajando ni tengo ganas de hacerlo.
Me siento manipulado, como si fuese un títere, pero no logro entender si el títere es el que me saqué de encima o es el que recién me he puesto...

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