Algo se me ha ocurrido últimamente, y tiene que ver con una señorita que camina sola por las calles del destino. Una palabra que no tiene mucho sentido, pero que de a poco lo adquiere si uno se lo va forjando cada día.
Esta señorita se pasea sin querer mirar a la gente que la ve al caminar, porque cree que nadie percibe lo que en ella se adentra. ¿Sabrá entonces que por fuera es una verdadera belleza?
Nunca se sabe nada con ella. La incertidumbre es parte de cualquier relación que logra entablar. Inherentemente añadida a su exquisitez, se muestra la sombra de penas que no cuenta y amores que no entiende. Es como un diálogo entre dos títeres que maneja un mismo titiritero, cada uno sabe qué va a decir el otro con anticipación, pero pueden simular sorpresa al recibir una respuesta.
Sí, es ironía pura. Es arte abstracto. Pero su belleza crece cuando la conoces. Talvez porque te atrapa su misterio, talvez porque es inevitable jugarse una partida con el diablo cada día. Pero, sea lo que sea, no puedo evitar amarla, o al menos creer que la amo. Porque su ambigüedad me confunde, y no sé si quiero amarla o simplemente besarla. Eso sí, no sería besarla por un instante, sería retenerla en un beso hasta que ella misma caiga en cuenta de que aquí está su realidad, y no en el plano divino donde ella vive.
Porque tiene el don de la belleza. Esa que sólo un explorador, poeta, bohemio y aventurero puede exaltar hasta un punto sublime. Esa belleza no es merecida por el hombre, sin embargo quisiera probar un poco de ella cada día...
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario